Un hombre que de forma muy particular de aceptar por las peripecias que pasamos las mujeres, los retos que enfrentamos diariamente, que por alguna razón parezcan nimiedades en sí son de gran importancia y les aseguro que si ustedes, chicos, pasaran por lo mismo no lo aguantarían...
Yo no tengo que preocuparme por la ropa que me pongo antes de salir de mi casa por las mañanas. Y tampoco tengo que ponerme tenso y acelerar el paso cuando cruzo delante de una construcción, ni gastar un cojonal de plata en un radiotaxi porque era muy tarde para regresarme solo a mi casa.
De hecho, que yo recuerde, nunca me han punteado en el micro ni me han metido la mano mientras camino por la calle. Y si es que me han gritado algo desde un carro, a lo mucho habrá sido "gordo", "barbón" o algún otro epíteto que, más allá de todo, no me hizo avergonzarme de ser hombre.
Hasta donde me da la memoria, jamás me he torturado pensando si el resto me considera una puta por cosas que hice en, no sé, ¿una fiesta? Es más, al parecer uno va sumando puntos si es hombre y comparte sus proezas sexuales con sus pares.
Trato y trato, pero juro que no logro acordarme de una sola vez en la que haya perdido una oportunidad de chamba por ser hombre. De repente por falta de preparación, por edad, pero nunca, digamos, por tener pene y testículos. Y ya que estamos en esa línea, tampoco podría decir que algún jefe que tengo haya privilegiado a algún compañero de trabajo en desmedro de otros solo por llevar la ropa más apretada.
Los programas de televisión que veía de niño y los juguetes con los que jugaban me decían, en esencia, que podía ser superpoderoso. Pero jamás me condicionaron a buscar pareja para formar una familia y así sentirme hombre. Con una espada del augurio bien fálica me bastaba, en realidad.
Por otro lado, en mi registro, mis cambios de humor a veces erráticos nunca han sido atribuidos a ningún proceso biológico natural y periódico. Bueno, ahora que lo pienso, no tengo ni la más puta idea de lo que debe ser reglar. Me duelen los huevos cuando me los patean, nada más, pero que yo sepa, nunca me han cuadrado con algo como: "¿qué te pasa? seguro estás con las bolas adoloridas".
Yo no sé si haya mucho que celebrar el ocho de marzo. Yo lo único que sé es que vale la pena detenerse a pensar, por lo menos una vez al año, en que las mujeres se la llevan un poco más difícil que los hombres, por así decirlo.
No somos iguales. Wiflas, para nada. Hasta nuestros cromosomas son distintos, pues. Pero me pregunto por qué , en algún momento de la historia, decidimos hacer de estas diferencias un instrumento de sumisión y perpetuarlo hasta el día de hoy, en la vida cotidiana.
El género es más que arengas trasnochadas, retóricas manipuladoras y corrección política. Debatir, a estas alturas del partido, sobre la pertinencia de algo como el Día internacional de la mujer, no solamente es ocioso, fútil e innecesariamente pleitista. Es, sobre todo, signo de que todavía nos queda mucho camino por recorrer para entendernos como especie.
Juan Luis Nugent
No hay comentarios:
Publicar un comentario